Los invito a ser como Whitman

Juan Ramón Falcón

Nota editorial TIC:
Discurso de agradecimiento del pintor y poeta Juan Ramón Falcón, en ocasión del homenaje brindado por el V Banquete de Poetas Tito Leiva, realizado el 25 de enero de 2024, en la ciudad de Masaya.

Gracias compañeros del Círculo Literario Rodrigo Delgadillo León, por la generosidad de dedicarme este homenaje. Gracias también a los poetas creadores de los Banquetes, especialmente a Efraín Osejo, capitán de esta nave; al primer oficial Edgar Rivas Choza y a Tito Leiva que nos acompaña en forma de energía, orientando las velas hacia el buen tiempo. A todos les aseguro que no merezco este reconocimiento más de lo que ustedes lo merecen. Gracias poetas y amigos que han venido de todos los puntitos hermosos de nuestra Nicaragua.

Es en momentos como este que uno se ve en retrospectiva, y se da cuenta que ha acumulado vida, aunque hay quienes le llaman años. Años de escribir, desde aquel mi primer escritito rimado, que mi maestra de tercer grado pegó en una pizarra de corcho, junto a la foto que nunca olvido de un niño vietnamita sosteniendo un fusil. Fue mi incursión a la realidad más que en las letras.

Diez años después, en mi Condega esteliana, guerrillera, era yo uno de los jovencitos en la realidad de la insurrección contra Somoza. Y ya era también un dibujante en cartulina de lino y plumilla, el mejor paisajista del mundo, creía yo, hasta que descubrí en La Prensa Literaria los dibujos de Carlos Montenegro y Silvio Bonilla, a quienes admiré desde entonces hasta su muerte, y de inmediato los volví mis maestros desde aquellas páginas, a distancia y sin que lo supieran.

Ya había mejorado un poquito en la escritura. Era yo un jovencito lleno de entusiasmo que tenía su primer poemario, aunque cuando llegue a Managua en el 79, gracias a los Talleres de Poesía y a mucha lectura, descubrí que de aquel libro solo un poema valía la pena. En diciembre de 1979 fui fundador de los Talleres de Poesía del Ministerio de Cultura, al lado de la poeta costarricense Mayra Jiménez y de otros compañeros. Fui poeta orientador en Talleres del Reparto Shick, barrio La Primavera, Colonia 14 de Septiembre, barrio Monseñor Lezcano, Monte Tabor, la Fuerza Aérea Sandinista, la Escuela de Policía Ajax Delgado, y en las ciudades de Estelí, Ciudad Darío, Condega, Palacagüina, Ocotal y Somoto.

Con mis compañeros hacíamos un programa semanal en Radio Sandino y una revista impresa llamada Poesía Libre, que aparecía cada dos o tres meses. En los barrios y pueblos hacíamos lecturas de nuestra poesía, de otros poetas nicaragüenses y extranjeros. Publicamos tres libros.

Hoy están aquí varios poetas de aquellos Talleres: Isidra Ortiz, de San Juan de Oriente; Miguel Quijano Macanche, de Niquinohomo;  Bernardo Fuentes Telica, de Masaya; Uriel Benito Sánchez Galo, de León; Moisés Miranda, de Masaya; Fernando Vallejos, de Ciudad Darío; Gonzalo Martínez, de Managua;  Juan Bautista Paiz, de León;  Ricardo Centeno de Masaya; e incluso, dos amigos que conocí en esas dinámicas poéticas de atención a los Talleres: el escritor Sergio Simpson y el poeta William Howard López.

Fue una experiencia muy bonita que duró unos siete años, hasta que se volvió indeseada por algunos que nunca nos vieron con buenos ojos. Y así, poco a poco, mi mundo del arte y el de mis compañeros se fue volviendo un mundo cerrado, lleno de espacios con candados. Y, por dignidad, nos vimos obligados a renunciar al programa que amábamos y que, peyorativamente, algunos encumbrados llamaban De alfabetización. El calificativo burlesco indicaba la importancia de aquellos Talleres de Poesía para quienes aspiraban a escribir versos. Detalles como: conocer lo básico del buen escribir, pulir el gusto con y por las buenas lecturas; señalar las piedras con las que tropieza la poesía, inculcar el respeto por el idioma y la palabra, promover el hábito del auto taller y encausar la creatividad de quienes aman la escritura.

De aquellos cuatro renunciantes, están hoy aquí acompañándonos: Gonzalo Martínez de Managua y Juan Bautista País, de León. Falta Francisco Arteaga de Totogalpa. Los cuatro tuvimos que irnos, cada uno para su casa, lejos del mundillo de intrigas, castas, envidias, celos y zancadillas. Y me enclaustré por quince años. Para escaparme retomé el dibujo y afiné mis trazos de pintor; gané premios y vendí mis cuadros. Un artículo de un semanario llamado La Semana, me incluyó en una lista de pintores que, según las galerías más importantes de Managua, eran los que más obras vendían en Nicaragua.

Fue un tiempo en el que rehuí de la poesía. Leí novelas, libros de cuentos, filosofía, ensayos, artículos de cualquier categoría, y a veces, solo a veces, leía poesía. Fue una época que escribía poco y pintaba mucho. Hoy es al revés, pinto menos de lo que escribo.

Hace quince años volví a mis escritos y me encontré con la muchachada del Círculo Literario Rodrigo Delgadillo León. Aquí he encontrado a mi familia poética, gente de pueblo, ninguno de universidades europeas o parecidas, gente esforzada, autocrítica y tolerante. Poetas en búsqueda de la palabra, igual que yo, respetuosos, aunque cada uno diferente del otro, como debe ser.

Se cuenta que en los setenta, los poetas se reunían en la cafetería La India, de la antigua Managua, para lanzar al aire sus creaciones. Hablaban de arte, política y otras cosas. Cuentan que aquellos escritores, pintores, poetas, la pasaban muy bien mientras tertuliaban alrededor de alguna mesa del Café. Nadie se iba antes que los demás. El cuidado era marcharse todos juntos, todos por la misma calle, aunque uno viviera al norte y el otro al sur, cuadras y cuadras juntos en el mismo sentido, hablando o guardando silencio, hasta que en una esquina no había más alternativa que el adiós, y el grupo se dividía en cuatro fragmentos alejándose unos de los otros por las distintas calles. Se dice que, de esa forma cada uno evitaba convertirse en la comidilla de los demás.

No quiero decir con esto que los poetas somos gente terriblemente defectuosa, más bien es que somos artistas, gente incomoda hasta con nosotros mismos, gente de pensamiento propio. Un buen artista sabe que él es su propia obra de arte o su sombra, que él mismo es su competencia o su incompetencia, que debe aprender de él para ser mejor de lo que ha sido. Y lo sabe porque él es único o porque así se siente.

Y hay que entender esto, porque en el arte no cabe la repetición y debe ser por esto que los artistas tampoco deben repetirse. El arte en sí mismo –decía Víctor Hugo–, no camina hacia adelante ni hacia atrás; significa que el arte no es predecible, no es ciencia exacta como la física o las matemáticas. Significa que todo resultado artístico debe crear asombro. Si no sorprende o se olvida, entonces no es arte. El arte, por tanto, tiene que ser recordable, que la obra sea única, diferente de cualquier otra obra de arte, si no, entonces, es artesanía que se hace en serie. Y no importa si es bello o hermosamente grotesco, lo que importa es que marque, que haga soñar o quite el sueño, que enamore o produzca miedo, que deje huella.

Yo he tratado de ser responsable como artista. Soy de los que cuida cada palabra, cada verbo o adjetivo, e igualmente cuido cada trazo en mis pinturas. Así que, si mis poemas no son buenos, o si no gustan, no será por falta de trabajo. Sé que no lo hago perfecto, nadie lo hace. Y sé que sigo aprendiendo.  Whitman murió haciendo correcciones a su novena edición de Hojas de Hierba, lo había venido haciendo siempre, quitando versos, cambiándolos, arrancando poemas enteros del libro. Entonces, si lo hizo Whitman, ¿por qué yo no? Sería muy tonto si no lo hiciera. Y con esto es con lo que quiero cerrar:  yo los invito a ser como Whitman.

Gracias poetas, escritores, artistas. Gracias amigos creadores de este proyecto llamado Banquete de Poetas, gracias a los próximos anfitriones continuadores de este abrazo que celebramos hoy. No dejemos morir esta hermosa iniciativa de Tito Leiva, Efraín Osejo y Edgar Rivas Choza. Que disfruten el V Banquete de Poetas.

Masaya, 25 de enero de 2024.