Butō

Ezequiel D´León Masís /
Masaya, Nicaragua, 1983

Como un trompo quebrado, al centro de la sala, el danzante sobrepasa las vueltas de reloj, va y viene en volterío polvazal volátil. Al centro de sí mismo, creándose un eje astral como de planeta, el danzante muestra a vísceras el poder de reconstruirse a sí mismo desde el talón a la cabeza. Recae su cuerpo. La música es tenue, casi sepia mustia música. Está la cuerda vibrante sobre su cabeza, está la noche del cuerpo dentro, está la risa de la abundancia frenética. Danza con sabiduría de planeta rojo: el danzante bascula con sabiduría sanadora cada célula de su carne. La muerte danza en el danzante y el danzante se incrusta en hoyo de lo vivo. Hay un eje de brillante oscuridad, una válvula que es bisagra de la vida en donde la muerte opera sus modulaciones cromáticas para postergarse hacia dentro. Intestinos dentro como túneles radioactivos. El trompo roto, de barro, al centro. El trompo reclama un eje, se reconstruye hacia luchas verticales de huesos descoyuntados. La música llora una lluvia de plata, mierda y arenilla fina como estrellas de un carnaval escarchado. Nada se une en las coordenadas espaciales del cuerpo. Abundancia del Norte en el rincón del hígado, nulidad de la palabra al Sur. Lo que se mueve es voltaje de dentición terrible y la lengua cuelga como pene anciano desde el techo-paladar. Un demonio blanco (el vacío) da gritos insonoros. El cuerpo suelta los miedos atávicos y es flor que está a punto de suceder, plena de una nada nutritiva y embrional. Cuerdas mentales sujetan al silencio. La danza oscila en direcciones contrarias, lenta insoportable paz. Camina sobre cenizas libre el cuerpo de culpas, cae y da vueltas como larva. El danzante no es ya él: se escudriña a sí mismo en la lejanía del que fue, es otro, renace desde los límites de la ilusión exterior. La fusión entre el que es con el que fue es sólo momentánea: despedida en la cima del trance. El éxtasis como cierre astral, órbita sin nylon, un pie es cabeza del cuerpo entero… Hay un remolino que renuncia a la voz. El cuerpo asume la impronta que más importa en la puerta de cierto carácter que como plántula insufla agradable dolor. Dios y su misterio que es el no-ser eleva al danzante de una sondaleza. El fuego arde en las piernas de este subcuerpo, en su pelvis arde también el fuego sexual de su creación en devenir. Aflora en espirales su fango que quiere conexión con tierra y agua estancada que grita desde vientres verdosos. Se sosiega el trompo, sin necesitar estas mezquinas palabras que se dibujan a sí mismas.

 

Nota editorial:
Butō es una danza teatral que se creó a partir de la experiencia del bombardeo atómico de Estados Unidos contra Japón. Tiene más de sesenta años de existir. La palabra significa «el corazón habla con los brazos».
(Tomado del libro Caligrafías del vacío [2017], de Ezequiel D´León Masís).