Coma ahora y muera después

Pedro Alfonso Morales Ruiz /
Telica, León, Nicaragua, 1960

Los dos hombres entraron a la cantina con ganas de beberse el mundo.  Nos tiramos unos tragos con jocotes y nos vamos, le dijo Karlos a Pocholo, mientras se sentaba a la mesa…

—Hombré, Kalajaka, traenos una media.

El hombre se metió al cuchitril y regresó silbando con una botella entre manos, sellada y reluciente, como si la acabaran de empacar en su caja de cartón. El hombre la puso desnuda en la mesa y se sonrió con alegría de bebedores en la noche.

—¡No seás bárbaro!
—¿Qué te pasa?
—¡Una botella es mucho!
—¡El hombre es la medida!
—¿Cuál medida?
—¡La medida llega hasta aquí!
—¿Y si me paso?
—¡A tus costillas!
—¡Qué diaverga que sos!
—¿Qué no son bebedores?

El hombre entró de nuevo al cuchitril y volvió cantando con una tortilla caliente, comalera, y dos cuajadas blanquecinas que parecían muertas y trotamundos en el plato. Lanzó sobre las cuajadas y la tortilla unos chiles verdes, recién cortados:

—¡Cortesía de la casa!
—¡Eh, no jodás! ¿En serio?
—¡El hombre que duda aprende!
—iMirá, lo que decís!
—¡No te agüevés, hombre!

El hombre ya no entró al cuchitril y se hizo el baboso entre la barra y el pasillo de la sala de la cantina. Agarró un vaso grande del mostrador, lo limpió con un trapo sucio, y volvió entumido, como si no matara una mosca, carraspeando sin malicia.

—¡Ando carraspera!
—¡Bebé salmuera!
—Jueputa, ¿sos leonés?
—¡Tomá! ¡Escupí afuera!
—¡Que no te mire la vieja!
—¡Qué te importa!

Kalajaka lanzó afuera el salivazo y mordió un jocote verde con sal. El hombre y la medida de las cosas: solemne tarugo, si la moral no se parece a las personas. La vieja apareció con delantal floreado y nagua almidonada, cotoneándose en chinelas. Ensartó la peineta entre las mechas, mientras se comía las trabas, hablando a medias.

—¡Ya voy a cerrar!
—¡Dejame la del estribo!
—¡Ni mierda de estribo! ¡Tengo sueño!
—¿Cuánto te debemos, viejá?
—A ver: ¡una botella, tortillas…!
—¡No, viejá! ¡La tortilla…!
—¡No jodan ustedes! ¡La dueña soy yo!
—¿Y Kalajaka? ¡Kalajakaaaa!

El hombre llevó una taza de sopa que puso en la mesa y se retiró sin dar la cara y haciéndose el sordo a los llamados de los amigos. La vieja sumó el costo de la sopa, mientras los hombres se la bebían como par de marranos sin vacuna.

—¡Son doscientos! –dijo la vieja.
—¡Pagá vos! –dijo Karlos.
—¡Eh, no jodás, pagá vos!
—¡Ideay –dijo la vieja– qué bonito! ¡Se hartan la mierda…!
—¡Tomá, viejá –dijo Pocholo, pasando dos billetes de cien.
—¡Vámonos de aquí! –dijo Karlos.
—¡Terminemos la sopa! –aconsejó Pocholo.
—¿Cuál sopa? ¡Pendejo! ¿No ves que es sobra?
—¿Sobra? ¡Yo la siento rica!
—¡Mirá, hijueputa, este tuco de yuca mordido!

Los hombres dejaron la taza, se levantaron de sus sillas y salieron a la calle con su jolgorio. La ciudad de noche tenía el inconfundible olor a caña, a dulce, a melaza y a transeúntes desbocados por el alcohol. Allí estaba, al dar la vuelta de la esquina, el oasis de la madrugada, como si el guaro corriera por las calles de Chichigalpa:

—¡Dame una media! –pidió al bartender.
—¿Con uno o dos garrobos? –preguntó el hombre.
—¡Pedí guaro, no sopa!
—¡Amigó –le dijo el vecino– se ve que usted no viene por aquí!
—¿Sí? –¿Por qué lo decís?
—¡Los garrobos son los dueños de la cantina!
—¿Y qué? –preguntó Pocholo.
—¡Mejor ni les cuento! –dijo el vecino.
—¡Váyase a la mierda! –dijo Pocholo.
—¡Callate, hijueputa! –aconsejó Karlos.

Apareció el primer garrobo, un flacucho, despistado, con una gorrita con la visera para atrás, y se sentó en la mesa de Karlos y Pocholo. Pidió un trago y otro, y la media se acabó pronto. Karlos pidió otra al bartender y la sirvieron con agua, limón y par de jocotes de carne. El jolgorio de la cantina era de primera mano. Aquello era como cielo amanecido, con lunas, estrellas y todo lo que el amor provoca.

Al rato, apareció el segundo garrobo, otro flacucho, más alto, parecía coco, con la camisa desabotonada, y también se sentó a la mesa de amigos. Los cuatro hombres se lanzaron la media en un respiro de alcohol. Karlos y Pocholo se sintieron incómodos con la presencia de los dos garrobos. Entonces, entendieron la jugada de los dueños.

—¡Vámonos! –dijo Karlos.
—¡Es temprano! –aseveró uno de los garrobos.
—¡Tengo hambre y aquí no hay comida! –respondió Pocholo.
—¡Jueputa —dijo el otro garrobo— esta mierda empieza!
—¡Tal vez para vos! —dijo Karlos.

Los amigos salieron a la calle buscando una fritanga o algún pellejo en la madrugada. Después de dos cuadras y caminar a tientas, hablando en chino, hallaron una que les revolvió las tripas. COMA AHORA Y MUERA DESPUÉS, se llamaba. Era el lugar perfecto para saciar a sus tigres y el único abierto a esas horas de la madrugada, con hielito y luna.

—¿Qué tenés de comer? –preguntó Karlos.
—¡Chorizo con tortilla! –dijo la mujer.
—¡Solo eso me faltaba! –se quejó Pocholo.
—¿Andás con hambre o no? –preguntó Karlos.

La mujer gordinflona, aún llena las manos de manteca, puso dos platos en la mesa. El chorizo, mal amarrado, expelía un olisco de tripas reventadas que se sentía entre las rodajas de tomates con repollo y chile. Karlos, que había mordido su porción, lanzó el tarascazo como si un alacrán le hubiera picado el fundillo a medianoche.

—¡Señora –dijo Karlos, desde la mesa– esta comida hijueputa está hedionda!
—¡Hedionda, tu madre! –respondió la mujer mal encarada.
—¡Es cierto, señora –secundó Pocholo– usted es una cochina!
—¡Cochina es la más vieja de tu casa!
—¡No, señora –dijo Pocholo– no meta a mi mama en sus mierdas!
—¡La meto, por pendeja!
—¿Por pendeja? –preguntó Pocholo.
—¡Sí –dijo la mujer– por parir a un bruto y animal como vos!
—¡No joda, señora, más bruta será usted!
—¡Bruto, caballo, burro serás vos!
—¿Por qué me dice eso, señora! ¡No joda!
—¿Acaso no vio cómo se llama mi negocio?

La mujer no hizo caso de los hambrientos y volvió a la cocina, donde destazaba con cuchillo y achiote, las tripas y pellejos de los marranos con que hacía sus chorizos asados de todos los sábados y domingos. Allí, la mujer se soasaba en el fogón…

Al rato entró Kalajaka bailando la mona, como si por primera vez salía a la calle. Como siempre, después que su mujer cerraba la cantina, buscaba a los parroquianos que antes había atendido en la suya. Así, armaba de nuevo el pereque y terminaban al alba cantando Las Mañanitas en la acera, de goma y con ganas de seguir bebiendo.

—¡Pedí una media! –dijo Kalajaka– ¡Yo pago!
—¡Eh, no jodás –respondió Pocholo– ese cuento es viejo!
—¡Pedila –dijo Karlos– y que pague!
—¡Jueputa! ¿Por qué no me creen?

La vieja mantecosa y gordinflona, puso en la mesa, la media con más chorizos y tortillas aún con olisco y tufo. Los hombres que tenían sed, la terminaron y pidieron otra más. Al rato, Kalajaka se durmió y los amigos se fueron casi al amanecer. Otra vez, Kalajaka, amaneció de goma en COMA AHORA Y MUERA DESPUÉS.

—¡Una media y la reparte en dos vasos! –dijo el recién llegado.

La mujer vació la media en dos vasos ochavados y transparentes que quedaron hasta la coronita. Cuando sonaron las campanas de la misa de 7 del domingo, los vasos ya estaban repletos y esperando las bocas de jocotes verdes.  Kalajaka vio a su alrededor y como a nadie miró, pensó que uno de los vasos del recién llegado, le pertenecía.

—¡Me lleva la vieja! –dijo el hombre.
—¿Qué le ocurre, amigó? –preguntó Kalajaka.
—¡Ni verga que a vos te importe!
—¡Ay, disculpe, amigó!
—¡Qué disculpa ni qué ni mierda!
—¡Vaya, pues!
—¡Me lleva la vieja!

El hombre no dijo nada y vio con pesar a Kalajaka que se moría de frío, hambre y sed de un cachimbazo. Se empinó el primer vaso, mordió un jocote verde y carraspeó feliz para alegrarse el día. Luego, agarró el otro vaso, se lo empinó de nuevo y escupió en la calle con gusto. El hombre montó en su caballo cholenco y no dijo adiós.

—¡Qué hijuelacienmadre que soy! –dijo Kalajaka, mientras sostenía su quijada.

Una mujer que pasaba con una pana de pipianes frescos, lo quedó viendo, y arrugó la cara, cuando oyó las palabrotas del hombre. Escupió con asco de ver a Kalajaka que se moría de goma y buscaba más guaro en la cantina. Y como si hablara desganada, mientras tapaba la pana para que no se calentara con el sol, le dijo de larguito:

—¡Estos bolos sinvergüenzas hasta su mierda se comen!

—¡Vení dámela vos, pues! –le respondió Kalajaka, mientras buscaba una piedra grande para sentarse y esperar a qué horas pasaba otro montado en caballo, y le ofreciera un trago que lo sacara del infierno, pues aún se hallaba hasta el sereguete.

Telica, León, Nicaragua, 17 de marzo de 2016.
(Del libro inédito de cuentos Kalaka).