Reptiliano azar

-fábula bufa-

Ezequiel D’León Masís /
Masaya, Nicaragua, 1983.

En homenaje póstumo a mi amigo Edgar Escobar Barba.

Ya te dije, Laguperto… Esto de ser reptil en medio de tanto hábitat humano te hace sobrevivir el día a día, te va volviendo de sangre caliente, como ellos. Primero, tumban el bosque, ellos, los humanos, te secan el verde paraíso. (Ellos también tienen un cerebro reptiliano, pero lo han olvidado porque ya no se arrastran). Levantan paredes y monopolizan el agua que es de todas las especies. Ayer salí de mi guarida. Repté por ahí, por allá… Todo en sequía… El sol picaba adentro…

Encontré una construcción en la que me dejaban fácil acceso a través de un patiecito, entré y del patio me dirigí a la ventana de un cuarto. Ya no me pego a las paredes como antes, pero subí, con esfuerzo: la textura del muro me ayudó mucho para no resbalar y, ¡pum, plaft!, caí dentro, sobre el suelo helado de un baño de un cuarto de una casa de una colonia en una ciudad de un país de un planeta.

Tenían, ellos, una pileta de cerámica. Fresca fontana. Abierta. Ideal para mis hirvientes calores. Porque los reptiles sentimos calor también, pero lo sentimos como frío y tibio a un mismo tiempo, es como una brasa azul polar que nos invade la cola y sube a la cabeza y hace ¡crack! Subí a la taza enorme de porcelana y salté al agua. Chapoteé. Apareció un niño. Alarmado, me puso piedras y palos para encerrarme. Pasé dos días en la pileta, a oscuras.

Claro, uno extraña el confort de unas moscas suculentas en pleno veraneo, Laguperto, ya sabés, acaso unos nachos con queso fundido y esas cosas propias de reptiles. Luego, apareció la madre del niño, ésta empezó a hacer un plan de salvamento para mí. Se lo agradezco. Pero yo estaba feliz en la pileta. El humano odia su agresividad y detesta entonces mis dientes. El humano también ama su vida y quiere salvar la tuya. Tan culpables como ecologistas los hay entre ellos.

El humano se proyecta en todo. Y todo lo ve desde su estrecha visión humana. Vos, que tampoco sos inocente, no dejás de ver las cosas como lagarto, igualmente estrecha miopía, pero más instintivo, listo para correr o cazar. Obvio que me atrajo el jugoso brazo izquierdo del niño, imaginé esa suavidad de carne blanda entre la fila de mis colmillos duros. La madre del niño: un verdadero hueso adorable.

Los humanos mostraban cierto nerviosismo animal que he visto antes en monos aulladores y ciertas gaviotas. Mi presencia, desde luego, les ha resultado inoportuna, pero yo sólo buscaba relajarme con el agua que me pertenece. El niño amenazó con matarme y comerme en sopa y, cuando has aprendido de los humanos su miedo de gallinas sin alas, te inunda el temor a vos también de morir, rodeado por estos monos urbanos… Yo gironeé en espiral, me di dos vueltas rápidas en dinámico dorso oblicuo y me hundí en el abismo profundo de la pileta.

Entré de inmediato a unos tubos repletos de excrementos e inmundicias negras. Terribles oscuras inmundicias. Vomité. No soporté más. Subí de nuevo. Los humanos son muy territoriales, te quieren sacar de estos ataúdes de concreto que llaman «casas». Me vio la madre del niñuelo. Gritó. Subió a una silla. El niñote entraba y salía del cuarto como esperando un acontecimiento fatal.

De pronto, apareció otra mujer, parca en sus gestos y con una mirada que, patentemente, me hizo suponer que, de alguna extraña manera, respetaba mucho los Everglades, había oído hablar de la Amazonía o, a lo sumo, temía a su propia idea e imagen de dios. Esta puso alrededor de su mano derecha una tela como señal simbólica de protección, me tomó segura de la cintura y me sacó con amable violencia fuera de la casa, o sea: retorné a la mía como expulsado casi por la ira de un bombero encarnado en la parca mujer. No sé. He quedado meditativo, cavilando, otra vez reptando entre yesca y polvo… ¿Qué ocultan estos humanos tras sus diminutas histerias cotidianas? ¿Por qué diablos ocultan, obsesivos, sus propias mierdas en subterráneas tuberías clandestinas?

(Del libro Caligrafías del vacío. Samú Lab, 2017).