Punto sin retorno

Fernando José Saavedra Areas /
Managua, Nicaragua, 1961

Todo terminó exactamente donde comenzó.

La diferencia de un amago de paso al paso mismo provoca grandes consecuencias irreparables.

La motocicleta y los brutos que la montaban, parecían haberse llevado su vida y la dignidad hecha jirones. Vi con claridad espantosa cómo el hombre era atropellado por el descuido y la sin razón. Propiamente en la esquina del viejo edificio del Cine Bragman, en la plaza central.

Su mirada se clavó como náufrago en mis ojos, que no podía cerrarlos, que no podía dejar de verla.

Cayó y rodó en una masa de tela y sangre; la motocicleta apenas se detuvo unos cincuenta metros hacia adelante, con dos tontos irresponsables que no dejaban de parlotear echándole la culpa al estropajo occiso.

Se desprendió el isingni convirtiéndose en lasa y pude ver cómo, al igual que a Linukus, ladraban los perros, pero no a él, sino a mí. Yo, el testigo ocular ajeno de la impericia del motociclista, de la imprudencia absurda e inocente del transeúnte atropellado. Yo era del lugar «del que nunca se regresa», pero regresé. Las imágenes se sucedieron como tormenta de chorros de recuerdos golpeando en los vidrios de la memoria. Años después, solía pasar por el mismo lugar y una nube de humo estaba plantada como sombra sin cuerpo. Ahí, clavada, a la vista de todos y a la vista de nadie, en la misma esquina de la fatalidad, permanecía impoluta, inerte, ondeando en círculos concéntricos, aguardando mi cuerpo. Los dos sabíamos la diferencia de un amago, de un paso dado. La vida misma, congelada en los pretéritos del tiempo.

20-02-2024